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VIVO
PARA CONTARLO
Por: José Alayo Chinchayán.
Por lo regular, los periodistas
somos considerados -por un gran sector de quienes
nos leen, escuchan o ven- como una especie privilegiada
de curtidos profesionales de la información
que, de ver constantemente tantos accidentes de
tránsito con resultados funestos, nos hemos
convertido en seres impasibles y carentes de sentimientos
ante el dolor ajeno. Es más, particularmente
creo que esta apreciación popular tiene
algo de cierto, a tal punto que muchos de nosotros
nos llegamos a convencer que somos "inmortales"
y, por lo tanto, es casi imposible que alguna
ves nos toque ocupar de lugar de las víctimas.
Pero ¿Qué pasa cuando el destino
nos devuelve a la cruda realidad?
Pues bien, visto desde esta perspectiva
tendría que felicitarme por la lección
aprendida (que espero también haya servido
a los colegas que la vivieron junto a mi), pues
el destino se ocupó de demostrarnos que
más allá de periodistas, seguimos
siendo como cualquier mortal común y corriente;
es decir, personas de carne y hueso que en cualquier
momento podemos convertirnos en "honorables
huéspedes" de un frío nicho
como consecuencia de la irresponsabilidad demencial
de algunos transportistas (incluyo a chóferes
y propietarios) que solo se preocupan por su beneficio
económico antes que por la vida de sus
pasajeros.
La ingrata experiencia que nos
tocó vivir en carne propia, a más
de una veintena de periodistas liberteños,
la noche del jueves 22 de febrero en el trayecto
de retorno a nuestra ciudad, después de
haber disfrutado de un lindo y colorido Carnaval
Andino en la localidad de Mache (Otuzco), nos
obliga a reflexionar sobre lo fugaz que puede
resultar la existencia humana; pero, al mismo
tiempo nos enseña que mientras no se tome
real conciencia del verdadero valor de la vida
(que por cierto no se puede cubrir con ninguna
cantidad económica por muy alta que esta
sea) las carreteras se seguirán tiñendo
de sangre y dolor. Entonces: ¿Dónde
quedó la famosa Tolerancia Cero?
Todo se inició con el traslado
de la comitiva de hombres y mujeres de prensa,
representantes de una decena de medios de comunicación
de Trujillo, a la localidad de Mache para cubrir
las incidencias de su Fiesta de Carnaval. La partida
estaba programada para las cuatro de la mañana
del jueves 22; sin embargo, el vehículo
que iba a trasladarnos hasta esa localidad (distante
a tres horas de Trujillo) llegó con un
retraso de casi una hora, lo cual obligó
a iniciar nuestro viaje a las cinco de la mañana
con la esperanza de poder arribar a nuestro destino
al promediar las ocho de la mañana, lo
cual ha la postre se prolongó por una horas
más.
Se trataba de un minibús
petrolero (con capacidad para 40 personas) perteneciente
a la empresa de transportes "Mi Perú"
S.R.L., con placa de rodaje UD-2626, cubre
la ruta Trujillo-Otuzco-Usquil-Coina y viceversa.
Cuando todo hacía suponer que sería
un viaje tranquilo y apacible, particularmente
pude notar que en ciertos tramos altos de la carretera
asfaltada el conductor reducía la velocidad,
pues al parecer la máquina no estaba en
toda su potencia; sin embargo, debo confesar que
esto no me preocupo mayormente porque en varias
oportunidades he tenido la suerte de viajar con
pilotos que optan por la baja velocidad como medida
de seguridad.
A pesar del optimismo de quienes
estábamos a bordo del vehículo,
la primera clarinada de alerta (o mejor dicho
el primer susto del día) se dio cuando
nos encontrábamos a 10 kilómetros
del distrito de Agallpampa -donde se encuentra
ubicado el desvío a Mache- cuando un pesado
vehículo de carga (camión) que venía
en sentido contrario a nosotros invadió
nuestro carril, al parecer el conductor venía
adormitado como producto del cansancio por conducir
más del tiempo debido, afortunadamente
ambos vehículos venían en un tramo
recto y el chofer del minibús atinó
a tocarle reiteradamente el claxon haciendo reaccionar
a su aturdido colega. ¿Premonición
del destino acaso?
La segunda clarinada se dio cuando
llegamos al anexo de Lluin (distante a 30 minutos
de nuestro destino final), donde habíamos
parado para tomar desayuno. Aquí nos pudimos
percatar que uno de los ayudantes se encontraba
bajo el vehículo estacionado -al parecer
revisando una posible falla- y cuando preguntamos
si había algún problema técnico,
la propietaria del carro, identificada como Zelmira
Calderón, nos manifestó
que solo se debía a que la batería
del carro se había bajado y la estaban
cambiando; sin embargo, lo cierto del caso era
que el sistema automático no respondía
debidamente (según comentario posterior
de un miembro de la comitiva).
A pesar de todos estos "pequeños
inconvenientes", finalmente arribamos
a nuestro destino al promediar las 9 de la mañana
y permanecimos en este hermoso paraje andino -donde
fuimos divinamente atendidos por sus autoridades
y pobladores en general- hasta las 6 de la tarde,
hora en que la comitiva tenía establecido
el retorno a Trujillo. De nada valieron los intentos
del alcalde distrital, Glomer
Rubio Valderrama, quien se ofreció
a brindarnos hospedaje con la finalidad de que
nos quedáramos más tiempo con ellos
disfrutando de esta fiesta popular y retornáramos
en las primeras horas del día siguiente,
la decisión final casi nos cuesta la vida
a todos.
Al iniciar el viaje de retorno,
muchos fuimos vencidos por el cansancio de la
ardua jornada y aprovechamos para dormir durante
el trayecto, quizá por esa razón
es que no pudimos percatarnos que el vehículo
seguía presentando preocupantes fallas.
Al promediar las 8:15 de la noche -cuando ya habíamos
cruzado el Puente Casmiche- sugerí que
le solicitáramos al conductor que haga
una pequeña parada a un costado de la carretera,
pues había varios colegas que necesitaban
un urinario, al reanudar el viaje y cuando habíamos
recorrido poco menos de un kilómetro, un
fuerte olor a jebe quemado nos alertó que
algo no estaba bien y de inmediato exigimos al
chofer que pare.
Es aquí cuando se inician
los -casi- 60 segundos más terribles de
nuestra existencia, la experiencia más
amarga que pueda ocurrirle a cualquier mortal,
pues por más que el conductor hundía
el pie en el pedal de freno, el vehículo
y su pesada carga humana seguía avanzando
por la peligrosa y oscura carretera sin control
alguno, el motivo los frenos no respondían
pues todo parecía indicar que las zapatas
se habían quemado porque -al parecer- el
conductor había venido utilizando el freno
de mano en demasía y este se quedó
pegado originando la grave falla. La desesperación
llegó a tal grado que la misma dueña
del bus le gritaba al conductor: ¡Tirate
contra la peña!
La pesadilla había comenzado
y pareció durar una eternidad, incluso
hubo algún joven colega que intentó
abrir una de las ventanillas del vehículo
en marcha para lanzarse a la pista (prefería
eso antes que terminar desbarrancado en el fondo
de un abismo y con pocas posibilidades de sobrevivir
a la inminente tragedia). Se imaginan ustedes?
Nosotros, los periodistas insensibles que creíamos
ser "inmortales" nos enfrentábamos
cara a cara con la muerte; de manera cruel -pero
necesaria- nos convencíamos que estábamos
a punto de engrosar la larga lista de víctimas
de las carreteras y seguramente seríamos
la portada principal de nuestros propios medios
de comunicación.
Afortunadamente para todos, al
experimentado conductor se le iluminó el
cerebro -quizá por el mismo instinto de
supervivencia que poseemos los seres humanos y
que aflora en momentos extremos como este- y lejos
de escuchar la orden de la dueña del carro
optó por realizar una maniobra sumamente
peligrosa (podría calificarse incluso de
suicida de no prosperar, pues irremediablemente
terminaríamos en el fondo del abismo) forzar
la caja de cambios para bajar la velocidad y finalmente
detener el vehículo. A Dios gracias, en
ese momento nos encontrábamos en un tramo
lo suficientemente ancho -como para permitir el
paso de tres vehículos a la vez- y se pudo
lograr el cometido.
El grado de tensión fue
tal que muchos dudábamos poder salir vivos
de esta; es más, el mismo conductor dudaba
que la maniobra realizada con la caja de cambios
le diera buenos resultados, ni él mismo
podía llegar a convencerse que había
logrado detener el pesado vehículo y su
preciosa carga humana. Habíamos vuelto
a nacer, la vida nos estaba otorgando una nueva
oportunidad y en nosotros está el saber
aprovecharla, pues no creo que volvamos a tener
otra más en el futuro. Creo, sin temor
a equivocarme, que hoy más que nunca estamos
plenamente convencidos de lo cierto de aquella
celebre frase: ¡Vive cada día
como si fuera el último de tu existencia!
Finalmente, espero que esto sirva
para que todos nos aboquemos en una campaña
perenne de respeto hacía la vida de los
cientos de miles de personas que diariamente tienen
que transitar por estas difíciles y peligrosas
carreteras del país, tenemos que aprender
a exigir las máximas medidas de seguridad
a todas las empresas y conductores que nos trasladan
a diario por estas rutas. Exijamos que las autoridades
hagan cumplir las normas, sin esperar que se registren
accidentes fatales para recién actuar,
que la cultura de la "coima"
en el transporte se acabe de una vez por todas
y que se sancione drásticamente a los responsables.
¡ Apostemos por la cultura de la vida!
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