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Jueves, 15 de marzo de 2007

"CASA DE FAMILIA" Y LA POESÍA EXISTENCIALISTA DE JUAN CASTRO GARCÍA

Por Diómedes Morales Salazar

La primera lectura de Casa de Familia, poemario de Juan Castro García (Laredo, 1956) da la impresión de ser un texto etéreo, por lo depurado de su contenido y su predilección a la poética espiritual. Pero no se trata de esa poesía pura, erróneamente conceptuada como incontaminada con la vivencia social que determina el pensamiento y la moral; ni se trata de esa poética de contenido religioso o de carácter esotérico donde la concepción cristiana impone la fe y las ciencias ocultas contrastan la creencia del bien y el mal; sino, se trata más bien de esa poesía espiritual que es el resultado del contenido y forma de la vida, de la teoría y la praxis que refrenda la existencia, con su pasado y su presente, donde el devenir aproxima al futuro como una esperanza, como un sentimiento ideal, pues "Caminas en mi cielo de ternura/ juegas con las estrellas enamoradas/ y siempre encuentras luceros de ilusión/ Tesoros de mi ser" (A Toda Hora, p. 81).

Este existencialismo, positivo y futurista, que propugna Juan Castro en su poética, afirma como ser recreador de la existencia, que la vida es un perpetuo batallar, donde "Yo he de sufrir más y más/ por la ilusión/ que envolvió la fragancia/ y el paradero de mi ser"(En Silenció, p. 68). Y es el sufrimiento real de la existencia cuya "Melancolía/ arrebatas el verso de mi yo/ y me alejas/ al callado nido nocturno", pero "El espíritu solidario/ me conmueve/ Me reanima/ en la fantasía del cielo" (Ánimos, p. 75). Es, entonces, este espíritu solidario, enamorado de la vida, que sostiene su ideal, su cielo de ternura, sus luceros de ilusión, que le permiten amar "como los pájaros incendiarios/ que alegran la soledad del campo/ y/ el alma silvestre de los caminantes" (Sendero Romántico, p. 28).

Hasta aquí ya podemos evaluar si el idealismo metafísico, existencialista, positivo y futurista de Juan Castro Garcia, difiere o no de la concepción religiosa, pues, su poética, al usar términos cristianos, podría creerse que sí procede de ella; pero si evaluamos la conceptualización que da a esos términos, veremos que realmente difieren en su significación.

Pues, por ejemplo, la palabra "cielo", que en el concepto religioso se refiere al paraíso eterno a donde los cristianos supuestamente irán a habitar después de la muerte, en el pensamiento del poeta solo hay un "cielo de ternura", un lugar a donde el amor, el cariño, la estimación al ser amado existe solo para dos, para ese "espíritu solidario" surgido de la atracción sentimental que puede bien confundirse con ese amor al prójimo a que se refiere el segundo mandamiento de la ley de Dios; pero que, sin embargo, no está en el más allá, en la abstracción metafísica de su supuesta existencia, sino, evidentemente, está en el más acá, en lo recóndito del ser, donde el "espíritu solidario", esencialmente humano, es el verdadero, el único amor al prójimo, como quiere Dios.

Así, cuando Juan Castro habla del "cielo", no se refiere a ese supuesto paraíso, eterno del Antiguo Testamento, sino a esos "luceros de ilusión" que son los "tesoros de mi ser", cuyas "estrellas enamoradas" sólo existen en el firmamento de nuestro Yo, el único y verdadero "cielo" donde habita Dios, en su Templo de Amor que es nuestro ser, como afirma el Nuevo Testamento (Efesios 3, 16-17). Y, si como dice la Biblia, Dios es Amor, el amor del poeta no se refiere al amor divino, abstraído del amor humano, de aquél cuya religiosidad debería sustentarse sólo en el amor al prójimo y no en la imaginería idólatra en que caen los católicos. Por eso, los "luceros de ilusión", las "estrellas enamoradas" que habitan en el firmamento poético de Castro se reflejan en ese "río de emociones" que significa el enamoramiento, "esa curiosa mirada/ que hace la vida más alegre y sencilla".

Por eso, el amor, en Casa de Familia, es un amor colectivo, destinado al ser querido, pues "Con mi sonrisa lejana/ iluminaré tu corazón frágil y colorido/ Y en un barco de besos/ navegaré en el mar de tu amor (2)/ Corolas encendidas/ se abrazan a mis sueños/ y se sumergen/ en tus encantos manantiales (3)/ En la era infinita de tu belleza/ las raíces de mi corazón/ siguen creciendo/ Y mi pecho se alarga/ como un río de emociones (4)/ Melodía serena/ conmueve mi alma apasionada/ irradia noches plateadas/ y flores encantadas (6)/ Inquietas mi voz trajinada/ y tu andar enamorado/ se acelera/ en las huellas de la aurora (7)/ Paseábamos en dormidas alas blancas/ y/ tomábamos del viento agitado/ brisas cristalinas y ondas azules(8)" (El Enamoramiento, pp. 23-24).

¿Qué poesía existencial, que sea positiva y futurista, como la de Castro, sustentada en los "luceros de ilusión", en las "estrellas enamoradas", deja de ser romántica, metafísica e idealista? Pero el romanticismo de ayer no se condice con el romanticismo de hoy, que a pesar de su metafísica idealista, es más elocuente, menos platónico y soñador, pues si bien es cierto que idealiza al ser amado, también es evidente que se alimenta del placer, de ese contacto con la piel que es la realidad. Y entonces, cuando el amor es práctica, se puede navegar "en un barco de besos" por ese "río de emociones" que produce el erotismo sexual, porque "Eras sí/ una tormentosa galería/ descubriéndose en el tiempo/ y cerrando el último rótulo de mi ser" (El Enamoramiento 9, p. 24).

Sucede, entonces, que el existencialismo positivo y futurista de Juan Castro García, se basa, primero, en el diario acontecer de la vida circunstancial, que es práctica relativa donde prevalecen los hechos cotidianos de las relaciones interhumanas en el contexto de la sociedad; las cuales, a la postre, influyen en el pensamiento cotidiano y, a veces, hasta suelen determinar las relaciones sociales; y, segundo, se basa también en la metafísica idealista, romántica y platónica que difiere también de la metafísica religiosa o esotérica, pues aquí de lo único que se trata es del idealismo positivo y futurista de cada ser social que tiene en cuenta a sus relaciones humanas y sociales con su bienestar material y espiritual. Por eso, al referirse el poeta a sus "luceros de ilusión", a sus "estrellas enamoradas", está refiriéndose únicamente a sus sentimientos de amor, por los cuales "las raíces de mi corazón/ siguen creciendo/ Y mi pecho se alarga/ como un río de emociones".

Así, la vida, el amor, los vínculos sociales e interhumanos, hacen de los afectos, de los sentimientos, depender del ideal, de ese bienestar espiritual y material que todos quisiéramos tener. Por eso, según dice Carlos Toledo Quiñones, uno de los prologuistas del libro, "Su canto no extrema el sentimiento, que es bueno, cuando fluye como remanso alejado de la turbulencia producida por la pasión, alguna vez cercana al Yo Poético, desintegrada en el pasado pero rescatada con la melancolía que fusiona el pasado y el presente, donde florece sentimiento y belleza" (p. 13).

Entonces, la poética de Castro, que se aproxima además a lo erótico como un derecho ganado, alcanza también la decepción, cuando "Busco el espejo roto/ y mis ojos desesperados/ sólo encuentran tu frescura vaga/ creciendo en el tiempo/ sin saber por qué ni para qué" (Al Oído 2, p. 54). Pero esta decepción que es un barco a la deriva en el mar de la crisis de las relaciones interhumanas respecto al amor, por el tiempo transcurrido inexorablemente, ya no es una decepción caótica, fatalista y traumática, sino más bien nihilista, existencialista y hasta surrealista podría decir, pues "Nadaste presurosa en el lago de/ diamantes/ Y/ volaste sin mirarme en la colina ardiente/ amor callado y no correspondido"(Al Oído 5, p. 35).

A esta clase de sentimientos amorosos se refiere Oscar Colchado Lucio, otro de los prologuistas de Casa de Familia, cuando dice que en la poética de Castro se percibe "ligeras reminiscencias de Bécquer", el poeta español del siglo XIX conocido por sus "Rimas y Leyendas", lo cual me parece que es una exageración porque la poética amorosa de Castro, si bien es romántica y platónica en cierto sentido, es más existencialista, más pragmática y cotidiana, cercana al surrealismo, corriente literaria que asumió la rebeldía pequeño burguesa de los albores del siglo XX, donde las doctrinas políticas de izquierda influyeron básicamente en la literatura latinoamericana, y particularmente en la poesía peruana. Sino, entonces, ¿por qué Juan Castro, casi irónicamente, asegura que "Soy pintor de flores rosadísimas y me/ pagan por endulzar la palabra dura del/ enojo./ Por eso canto en la hondura elegante en/ una noche despejada./ Y dibujo amores precipitados en copas/ celestiales"? (Copas Celestiales" p. 60).

Y el poema social que lo consagra como un acérrimo existencialista, positivo y futurista, dice: "Los cañaverales altos se ausentaron/ entre el cantar del gallo/ y el cálido rumor de los gorriones./ Enviudó la palana vieja/ que trajinó faenas sin memoria/ cobijándose en el lomo de su amo/ y batiendo su brillo en cima del/ impiadoso sol./ Ligero de equipaje/ se unió al paso final" (Ligero de Equipaje, p. 57).

Ahora pregunto, ¿acaso un romántico clásico, platónico y fatalista a lo Bécquer podría "contaminar" (así, entre comillas) su poesía "pura" con la poética social que prácticamente ha predominado en la poesía peruana durante el siglo XX? ¡Claro que no! Por eso niego que en la poética de Castro haya "reminiscencias de Bécquer", y afirmo más bien que su romanticismo existencialista es surrealista, pequeño burgués y modernista, porque además, en Casa de Familia, la estructura poética no tiene rima ni métrica, sino verso libre, donde el encabalgamiento de ruptura convencional se manifiesta de principio a fin. Y, además, porque las metáforas, que son la esencia poética, dicen más de su influencia surrealista que de su gratuita reminisencia bequeriana.

Esta incidencia social en la poética de Castro tenía que estar presente no sólo debido a su filosofía positiva y a su espíritu solidario de amor al prójimo, sino porque el mismo autor de Casa de Familia, en el transcurso de su vida laboral, ha vivido en carne propia la explotación social de la ex hacienda Laredo y de la ahora Empresa Agroindustrial Sol de Laredo, la cual, en cierto momento, lo retiró de su puesto de empleado para mandarlo al campo a trabajar como palanero en faena de obrero. Tal es el testimonio más fidedigno de la realidad existencial del poeta y de cómo éste hace de los hechos cotidianos de su vida los temas poéticos que pueblan su Casa de Familia.

Y sus metáforas, como dije, tienen motivos más que suficientes para ser surrealistas, porque si "Enviudó la palana vieja/ que trajinó faenas sin memoria/ cobijándose en el lomo de su amo/ y batiendo su brillo encima del/ impiadoso sol", significa que el dueño de la palana, aquél obrero cañero que solía madrugar para cumplir su faena diaria en el campo, por la crudeza laboral y la mezquindad remunerativa, o porque debido a la falta de estabilidad laboral ha sido despedido; o, en todo caso, transferido a otra sección laboral; ésta, la palana vieja, aquélla "que trajinó faenas sin memoria", amiga y compañera inseparable del obrero, "enviudó" de esa amistad, de esa relación afectiva que existía entre ella y su amo, con quien no sólo "trajinó faenas sin memoria" sino que además solía cobijarse en su lomo "batiendo su brillo en cima del/ impiadoso sol".

Y lo triste, lo trágico de su existencia, es que "enviudó" ya vieja, después de que "trajinó faenas sin memoria", cuando ya no sirve sino para ser dejada en el rincón de los recuerdos, donde el olvido y la soledad la oxidarán para siempre. Tal es el mensaje del poema y su incidencia en la poesía social, la cual, además, complementa con los poemas "Rojo y Blanco" y "Juaneco, In Memoriam" que están casi al final del libro. Pero ella, la incidencia social en la poética de Castro, así como su acercamiento a lo erótico como un derecho ganado, en Casa de Familia, son sólo vislumbres de un mundo poético que aún están por explorar, y que esperamos todavía el poeta se atreva a desarrollar en sus próximos libros.

Finalmente, como dice Vidal Guerrero Támara en la contracarátula, "el poeta sabe que construir un poema es edificarse uno mismo, por eso la estructura del texto poético tiene una disposición lúdica y lúcida, que parte desde las tiernas evocaciones campestres hasta que la forma nos revela en el ultimo segmento un itinerario donde los destinos de los sujetos se rozan, entrecruzan y se desvanecen como la bruma de los cuadros pictóricos insertos. Y sin embargo la paradoja está en la profundidad de esas sensaciones, sueños e imaginaciones junto a la sencillez de la sintaxis poética que opta por la espontaneidad en lugar de la experimentación técnica, en develar la ternura candorosa en lugar de confusas abstracciones filosóficas", pero que celebra la realidad y sus consecuencias a través de la vida material y espiritual.

 
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