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LA SEMANA SANTA DE AYACUCHO
Por: Moisés Bendezú
Medina.
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Esta es la venerada imagen del Cristo
Nazareno de Santa Clara, la cual es visitada
por miles de cristianos durante las celebraciones
de Semana Santa en Ayacucho
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La Semana Santa constituye un ciclo
completo de singulares celebraciones en las que,
a la liturgia cristiana, le siguen representaciones
creadas por la tradición. La fe del viejo
catolicismo, el deseo escondido de manifestar
la intensa devoción de un pueblo que vive
en un tiempo marcado por los claros sonidos de
sus campanas, convierten esos ocho días
en un espacio religioso en el que se dan la alegría
y el dolor, la tristeza por el sufrimiento de
la Virgen y la muerte de Cristo, y la felicidad
desbordante por su resurrección.
La ciudad se convierte en centro
de peregrinación de devotos que llegan
de los pueblos más lejanos de la costa,
la sierra y la selva. Muchos de ellos efectúan
"pascanas" - descansos - en los
pueblos del camino. Estas caravanas hacia Huamanga
hacen surgir numerosas ferias en las que se realizan
activas transacciones para la compra y venta de
ganado, artesanías y productos manufacturados.
La semana Santa anuncia su llegada desde el Viernes
de Dolor, siete días antes del Viernes
Santo.
En esta celebración, los
ayacuchanos y los forasteros acuden a la parroquia
de Santa María Magdalena para la procesión
de la Virgen de los Dolores. La llegada del Domingo
de Ramos marca el efectivo inicio de la Semana
Santa y es el día de la bendición
de palmas en los templos parroquiales. En las
primeras horas de la tarde ingresan a la Plaza
de Armas tropeles de asnos portando "chamiza"
- retama seca - que de deposita cerca de la Catedral
para ser quemada el Domingo de Pascua.
De la Iglesia de Santa Teresa,
a las tres de la tarde, sale una imagen de Jesús
que, montando en un burro blanco, revive la entrada
en Jerusalem. Camino a la Plaza de Armas, Cristo
es recibido triunfalmente por el pueblo que, habiendo
esperado todo el año esta fecha, acude
multitudinariamente agitando palmas. El encanto
de la fiesta es realzado por la belleza de las
alfombras de flores multicolores extendidas sobre
las calzadas. Antiguamente las palmas eran traídas
desde el Apurímac por el mayordomo de la
fiesta que las repartía entre los fieles.
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El Cristo Yacente también acompaña
a los fieles ayacuchanos (y sus visitantes
nacionales y extranjeros) durante las celebraciones
religiosas de Semana Santa. Ambas imágenes
son paseadas durante la multitudinaria procesión
en la cual se manifiesta el profundo sentido
cristiano de los ayacuchanos
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Acabada la celebración y
después de bendecidas por el Obispo, ocupaban
un lugar preferencial en las casas para que sus
especiales poderes preservaran a la familia de
los males. En Domingo de Ramos se efectúa
asimismo en la Catedral la primera "reseña".
Esta ceremonia es una de las más originales
de estos días. Una larga alfombra con diversos
motivos ornamentales se extiende por el pasadizo
central desde las últimas bancas hasta
el presbiterio.
Delante del altar mayor, un sacerdote
vestido de manta y capuchón negro sostiene
una bandera negra con una cruz granate. En el
templo, los fieles recogidos en profundo silencio,
contemplan cómo el sacerdote agita la bandera
hacia uno y otro lado y efectúa diversos
movimientos: avanza lentamente hacia el altar,
se arrodilla manteniendo el pendón vertical,
retrocede de espaldas, lentamente hasta el borde
de los peldaños o agita el pabellón
dando cara a las naves.
Lo escoltan dos acólitos
con vestiduras blancas y moradas mientras dos
cantores entonan una monocorde melodía
de dramático acento acompañados
de las graves notas de un pequeño órgano.
En el transcurso de esta ceremonia, el abanderado
se dirige por el pasadizo hasta la altura de las
primeras filas de bancas y allí, dando
frente al mar, agita la bandera a derecha e izquierda
haciéndola flamear sobre los fieles. Tradición
de larga data, recuerda las ceremonias funerarias
romanas en las que se preparaba un túmulo
sobre el que se colocaba el cuerpo de un general
victorioso muerto en batalla.
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| Los
fieles ayacuchanos acompañan con profundo
fervor religioso la procesión del Cristo
Nazareno implorando sus bendiciones a cada
paso |
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Sobre él se agitaba una
bandera - la "reseña"
- honrándolo por haber muerto venciendo
al enemigo. El cristianismo de los primeros siglos
recogió esta ceremonia interpretándola
como un homenaje a Cristo pero vencedor de las
fuerzas del mal. El lunes hay misas, y en el Templo
de la Buena Muerte se efectúa la procesión
de la imagen de Jesús en el Huerto de Getsemani.
El martes, desde las primeras horas de la mañana,
se suceden los oficios religiosos ofreciéndose
en la Catedral una Misa Solemne y un Canto de
la Pasión.
En la tarde la ciudad se vuelca
a confesarse en las iglesias y, en la noche, asiste
a la procesión del Señor de la Sentencia.
El miércoles el día del "Encuentro".
Se ofician dos grandes misas solemnes - en Santa
Clara y en la Catedral - y se lleva a cabo la
última reseña. En la noche, acompañado
de la tribulación del pueblo, sale de Santa
Clara el Jesús Nazareno, fina escultura
de dramática expresión y bellas
facciones. Vestido de rica túnica granate
con hilos de oro confeccionada por las religiosas
de clausura, es llevado en hombros por las hermandades,
al compás de bandas que entonan lentos
cantos procesionales.
Por otras calles marchan hacia
la Plaza de Armas las imágenes de la Virgen
Dolorosa, San Juan y la Verónica. La multitud,
vestida de negro y portando cirios ilumina las
callejuelas de la ciudad mientras el ambiente,
con el humo de las velas, el recogimiento y la
interior expectación, se hace denso de
majestuosidad y carisma. Esta procesión
- que es una de las más impresionantes
de la semana - revive el encuentro de la Madre
Celestial con su Hijo en el camino del Calvario.
Estas bellas imágenes tradicionales son
cargadas en andas adornadas de centenares de delgados
y largos cirios encendidos.
Semejan naves sobre un oleaje de
rostros en los que las llamas de las velas producen
claro-oscuros de extraño y peculiar movimiento.
Ya en la plaza, la Verónica se aproxima
a Cristo y las dos andas se inclinan, para que
la buena mujer limpie la sangre y el sudor del
rostro del Salvador. Como una representación
de otros tiempos la Verónica de dirige
al anda de San Juan para anunciarle que ha estado
con Cristo. Luego enfila a una de las esquinas
de la plaza para participárselo a la Virgen.
Ansiosos por encontrarlo, se dirigen
al Mesías y se produce entonces un curioso
juego en idas y venidas de andas que simboliza
que se está tratando de encontrar el camino.
No faltan comentarios de la feligresía
acerca de esta situación. Al fin, la Virgen
encuentra a su Hijo y se revela el momento más
dramático de la noche: las andas se inclinan
como si las imágenes se saludaran con hondo
respeto, quedando en esta posición largo
tiempo. Después del encuentro las andas
vuelven a sus iglesias acompañadas de los
fieles sobrecogidos por estas escenas.
Al día siguiente - jueves
- se efectúa la misa pontifical de la consagración
de los Santos Oleos y, en la tarde la misa en
memoria de la Ultima Cena. Finalmente en la noche
se guarda una de las viejas costumbres tradicionales
de la ciudad: la adoración nocturna para
caballeros en el templo de la Compañía
de Jesús. El Viernes Santo, con la procesión
del Señor del Santo Sepulcro, se ahonda
aún más el dramatismo. En el crepúsculo
se reúnen en el Templo de Santo Domingo
las autoridades eclesiásticas y civiles,
así como los notables de la ciudad llevando
gruesos cirios que encienden al momento de salir
acompañando a la imagen yacente.
Es el día más recogido
del calendario. Entre la multitud, muchas personas
se arrodillan al paso del féretro de cristales
dentro del cual, iluminado yace el Salvador sobre
un lecho de rosas blancas. Le sigue la Virgen
Dolorosa acompañada por las damas de la
ciudad vestidas de riguroso luto. La procesión
y la hermandad de cargadores avanzan al compás
de bandas y coros que entonan viejas composiciones
barrocas. Un organillo, que se coloca cada cierto
tramos en las calles, pone una curiosa nota a
esta procesión que, a paso lento, da la
vuelta a la Plaza Mayor para volver a Santo Domingo.
Este día es notable para
la ciudad por el sermón de las Siete Palabras
- tradición de origen peruano - a cargo
de algún excelente orador sagrado que durante
tres horas interpreta las palabras de Cristo en
la Cruz. El Sábado de Gloria se efectúa
en la Catedral la bendición del nuevo fuego
y la misa de Vigilia. Horas más tarde,
a las cinco de la mañana del domingo, la
tristeza del pueblo se transforma en regocijo
cuando las campanas empiezan a tocar a rebato
con los primeros resplandores del sol. La multitud
que ha esperado toda la noche en la Plaza de Armas
deja escapar un asombrado murmullo al ser abiertas
las grandes puertas de la Catedral cuyas naves
resplandecen con las luces de las velas.
Del interior surge entonces un
anda piramidal, blanca y deslumbrante a la luz
de los cirios y el brillo de las cenefas, en la
cumbre de la que está una imagen de Cristo
resucitado. Con el ingenio propio de los pueblos
del Ande y dentro de la teatral herencia del barroco,
la efigie está sustentada en un sencillo
mecanismo que hace que descienda y desaparezca
cada cierto tiempo dentro del anda para reaparecer
poco después en una espectacular versión
del significado de la resurrección.
Se entiende que esta representación
está emparentada con el afán de
enseñanza apostólica mediante la
imagen que fue preocupación primordial
de los evangelizadores del Virreinato. Al terminar
su periplo por la plaza entre la explosión
de cohetes, la quema de la chamiza y la fantasía
de los fuegos artificiales, el anda vuelve a la
Catedral concluyendo en esta apoteosis de alegría
la gran festividad.
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